Y más nunca se supo de Doña Bárbara

Santos Luzardo / Venezuela RED Informativa

Fábula versionada del escrito del abogado Carlos Rodríguez González “Huele a humo blanco en la sabana”.

La corrupción que tanto condenó el Libertador, la desunión que hizo tan difícil la consolidación de Colombia y la traición que acabó con su intrépida humanidad, siguen siendo las patologías de una sociedad que se la traga el tremedal.

Doscientos años no han sido suficientes para despertar al camino de luz que nos trazó su heroísmo y seguimos hundidos en el abismo de los mismos vicios de entonces.

Don Rómulo Gallegos recoge, en su más famosa novela, la trama de la Venezuela de antes y de ahora, inmutable en el tiempo con actores de diferentes nombres, pero con los mismos guiones.

“…de quien no se ha vuelto a tener noticias, y desaparece del Arauca el nombre de El miedo, …”. Así termina su novela y debe terminar también nuestra tragedia, en esta “tierra ancha y tendida, toda horizonte como la esperanza, toda caminos como la voluntad”.

La civilidad y la barbarie vuelven a enfrentarse en tierras venezolanas, aunque aparentemente estén tratando acuerdos, que pongan fin al sufrimiento de los habitantes de la llanura, donde aún existe cada uno de sus autores con sus mismos papeles y sus habitantes con los mismos padecimientos.

La Doña Bárbara de ahora hace llamados públicos a Santos Luzardo y sus aliados para iniciar un proceso de diálogo y negociación política, aunque los dos principales colaboradores de la Doña: Balbino Paiba y el brujeador Melquiadez Gamarra, dicen públicamente no estar de acuerdo, pero es parte de una estrategia tramposa como todo lo de la Doña. Sin embargo, ese es un asunto que escapa de sus manos porque los intereses de Míster Danger (Wladimir Putin), quien es uno de los principales aliados de la Doña, ha sido vapuleado por los amigos de Santos Luzardo (los gobiernos de los EEUU y otros), quienes han dado un golpe certero en lo financiero de que Putin y exigen que desaparezca el Miedo, la Doña y sus malandros y que le devuelvan las tierras robadas a sus anteriores dueños despojados (retorno al estado de derecho).

Ño Pernalete permanece a la expectativa, no sabe qué hacer ni cómo para defender a la Doña. También sucede que algunos oportunistas de la civilidad le han pedido a Santos, que designe un árbitro electoral que pueda llevar a cabo un proceso comicial transparente, pero eso es algo que no quiere Santos Luzardo ni sus aliados.

En este vergonzoso escenario, las partes en pugna pretenden llegar a un acuerdo, aunque tiene tiempo sin lograrlo, mientras tanto sigue la tragedia y reinando la barbarie en estas sabanas cada vez más desoladas.

La Doña dice que ella es la que manda en la llanura y sus pocos acólitos la respaldan, mientras que Santos Luzardo le responde que sus pobladores deben ser consultados sobre si quieren o no que ella continúe al frente de la misma, como si no fuera una criminal y usurpadora. Además, se tendría que nombrar unos nuevos rectores.

Nada está claro ni estará claro en la llanura, pero el bien debería vencer al mal como quiere Santos Luzardo y merecen todos los venezolanos, en la
“¡La llanura venezolana!¡Propicia para el esfuerzo, como lo fue para la hazaña, tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena ama, sufre y espera!”.

Volvamos a Carabobo, como lo hicieron nuestros libertadores, porque esta tiranía no se acaba con “lógica política” en tiempos de la nueva barbarie.

Cada actor de la novela tiene su homólogo en nuestra tragicomedia, aunque no se hayan referido por no hacer más larga la parodia. Es un buen ejercicio ubicarlos.

Nadie puede aspirar a una mejor Venezuela con los mismos actores, con los mismos vicios, con los mismos libretos y con el mismo desamor. Debe existir un liderazgo emergente con distintos actores, sin los vicios de siempre y con amor a la patria, como el Libertador.

De la Orden de los Caballeros de Fénix

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